Compartimos las palabras que la Madre Hilda dirigió el día de la Fundación, a toda la comunidad allí reunida.
Hoy estamos aquí para ser testigos y compartir esta alegría profunda que nos habita, esta GRAN PROMESA QUE EL PADRE HA CUMPLIDO en nuestras vidas, en nuestra Fraternidad, en este pequeño rebaño que le pertenece. HEMOS ESCUCHADO SU VOZ Y hemos querido acoger su llamada a salir – como Abraham – de nuestra tierra, tierra conocida y amada, para emprender, tomadas de su mano, este nuevo viaje “al país que El nos ha mostrado”, que El nos ha elegido…
Durante varios años, y tal vez sin entender demasiado, hemos escuchado en nuestros corazones una y otra vez, esta palabra: “EN LA MONTAÑA, DIOS PROVEERÁ”. Y desde aquel día que le hemos dicho que “ Sí ” al Padre, a su deseo de una nueva fundación, su Promesa se fue afianzando y confirmando en el camino. Más aún, El nos fue abriendo caminos nuevos, nos fue revelando las personas, el modo, los tiempos y el lugar señalados para emprender ésta, Su obra.
Verdaderamente, desde aquél “ Sí ”, el Padre nos lo proveyó TODO… El lo hizo y lo sigue haciendo posible.
Y como le sucedió a Abraham; nosotras nos hemos puesto en camino, y hemos venido a esta tierra, para responder a su llamada de amor.
Abraham pudo ponerse en camino porque creyó, porque tuvo fe en el deseo del Padre. Y porque sabía que Aquél en quien había puesto su confianza, no lo abandonaría… se despojó de todo para adentrarse en el desierto; y todo, absolutamente todo, lo dejó en sus manos: sus sueños, sus esperanzas, sus ilusiones, sus temores, sus propios deseos, su pasado y su futuro… TODO! Para repetir en su corazón solo estas palabras: “DIOS PROVEERÁ”.
Abraham pudo entonces hacer experiencia del Padre, y no temió en quedarse “desnudo” y a la intemperie, porque sabía que se quedaba con un tesoro que NADA NI NADIE podría arrebatarle: se quedaba con “SOLO DIOS”. El debía partir de su tierra segura para volver a comenzar, para reemprender un camino.
Y porque el Padre vio su confianza y su fe, y porque creyó en su pequeñez, lo hizo portador de una bendición… una bendición que alcanzaría a todas las generaciones futuras.
Pero para ello, para llegar a la Tierra de la Promesa, Abraham tuvo que entregar lo más amado, tuvo que RESTITUIR el DON que poseía y que no le pertenecía… Y solo así, cuando supo entregar a “su hijo único”, y esperarlo TODO DEL PADRE, el Señor proveyó. Y solo así, este hijo ofrecido fue fecundo; solo así, desde esta ofrenda, se engendraron nuevos y numerosos hijos que serían también portadores de esta bendición para todas las naciones.
Y esto es lo que hoy hemos venido a celebrar juntos…
Porque hoy, en este pequeño grupo de monjas, se repite esta historia. Sí, nosotras también hemos hecho esta experiencia. Experiencia de Su Paternidad. El nos lo ha pedido todo, para regalarnos en “esta nueva entrega” como Fraternidad, algo mejor: el DON Y LA CERTEZAque hoy nos habita: “QUE DIOS ES Y ESTÁ”… Sí, DIOS ES PADRE PARA SIEMPRE, SIEMPRE PADRE!!!!
El vela por nosotras, El camina junto a nosotras… Por ello, esta es la bendición que hoy hemos venido a compartir con ustedes, los hijos amados de nuestro ABBÁ…
No podemos ni queremos apropiarnos ni retener este don. ES DON DEL PADRE PARA TODOS USTEDES.
Y por eso hemos venido hasta aquí, hasta esta Tierra Prometida, para poder juntos, y también desde este lugar clamar: ¡ABBÁ!!! Y no buscar otra cosa que SU ROSTRO MISERICORDIOSO, EL ROSTRO DE ESTE PADRE que es Providencia y que tanto amó al mundo que le entregó… a su Hijo único, “JESÚS, NUESTRA HERENCIA”.
¡Gracias, Abbá, por habernos amado tanto!
Hoy, nuevamente, queremos celebrar junto a ustedes el gozo de esta nueva fundación.
¡Cuán grande es nuestro Abbá que nos regala en este pequeño rincón de Chile, seguir escribiendo esta HISTORIA DE AMOR FILIAL!
¡Cuán ciertas eran las palabras que escuchábamos como un susurro en nuestro corazón: “en la montaña, DIOS PROVEERÁ”!
Gracias, Padre, por manifestar tu amor providente y tu cercanía en la bendición, el apoyo y la confianza de nuestro Padre y Pastor, Monseñor Santiago; en la acogida cordial y gozosa de Monseñor Francisco Javier.
En la escucha atenta y silenciosa a tu deseo y la respuesta generosa de nuestro querido hermano Rafael Larraín.
En la disponibilidad fraterna y sin límites de los arquitectos: Raimundo Lira y Daniel Marín. Y a todos los benefactores que han hecho posible esta obra. No quiero nombrar a nadie en especial por miedo de olvidarme de alguno…Pero el Padre que ve en lo secreto los recompensará, cómo solo Él sabe hacerlo. Pero sí un gracias especial por la constancia y fidelidad de nuestros hermanos los maestros, que han trabajado se podría decir “de día y de noche” para que esté todo listo.
Gracias por la apertura del corazón de nuestra Iglesia chilena a través de nuestras hermanas clarisas; nuestras hermanas carmelitas; nuestras hermanas benedictinas, nuestras queridas hermanas ursulinas; nuestros hermanos capuchinos, y todos los sacerdotes, vida consagrada y fieles laicos de esta querida Iglesia de Chile…
Y ¡gracias, Padre! porque nos has regalado nuevas hermanas para poder continuar esta historia de amor filial, y a todas y a cada una, nos has preparado el corazón para dar este nuevo paso con alegría y esperanza…
Gracias, también, a todos ustedes, nuestros hermanos que nos acompañan desde la Argentina: sacerdotes, familias, amigos… y a todos los que hoy han venido hasta aquí, la señora Editha Mancilla, Alcaldesa de Pucón, a las Instituciones, diversos grupos, Establecimientos educacionales y toda la Comuna, que han sido invitados para acompañarnos en el inicio de esta fundación; al Padre Mario Pereira y a los jóvenes de la pastoral juvenil… Y a quienes nos acompañan espiritualmente desde la oración.
¡¡¡Gracias!!! porque a través de cada uno de ustedes, hemos podido decirle al Padre que “ Sí “, hemos podido descubrir cómo el “TESORO QUE LLEVAMOS DENTRO” de estas pobres vasijas de barro, no nos pertenece!!! Y por eso, estamos llamados a entregarlo!!!! A ustedes y a todo hombre y mujer que quiera entrar a participar de este gozo inmenso que se siente al poder llamar a Dios: ¡¡ ABBÁ!! y SABERNOS SUS HIJOS AMADOS. Unamos nuestros corazones a esta gran fiesta del cielo, a esta fiesta de toda la Iglesia, y continuemos caminando, porque “las obras de Dios no se han de parar”.
¡¡¡Gracias de corazón!!!
Compartimos el saludo de nuestro Padre y Pastor, Monseñor Santiago Olivera, en la Eucaristía celebrada el día de la Fundación.
Palabras de Monseñor Santiago Olivera:
Damos gracias a Dios por este acontecimiento histórico en la Iglesia, en este día tan especial de la Misericordia, día en que como dijo Monseñor: tenemos un nuevo beato Juan Pablo II, este año que comienza con una nueva historia, sin duda, que me da mucha alegría.
Quería compartir en primer lugar el recuerdo, la gratitud a Monseñor Colomé, el primer Obispo que las acompañó, que las acogió en la Diócesis. Paradójicamente es una de las diócesis más pobre de la Argentina, del noroeste de Córdoba, sin duda el Señor ha querido que sea una de las más ricas y de esa porción surge esta nueva comunidad.
Yo pensaba que no entrego nada porque en realidad estas monjas no son mías, sino de la Iglesia, del Espíritu, del Espíritu en la Madre Hilda…
Es una alegría muy grande que aquí también haya un grupo de hermanas que seguirán rezando, ayudándonos a vivir nuestra filiación.
Habiendo conocido ayer al Obispo Francisco Javier y hablado con él, uno tiene la gracia de conocer así más de adentro…la verdad es que me quedo muy contento de que estén en esta Iglesia particular, en esta diócesis y con este Padre. Así que le vamos a dar un gran aplauso a Monseñor Francisco Javier…
Y la vitalidad de una vida cristiana sin duda pasa por las vocaciones, así que vamos a pedirle al beato Juan Pablo, que pronto las Abba Padre sean muchas o harto chilenas.
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